Los límites de la publicidad

Decía el admirado Luis Bassat , en su obra El Libro Rojo de la Publicidad, como principio básico previo a cualquier estrategia de publicidad, que la mejor inversión publicitaria en un producto es mejorar el producto.

La buena publicidad y los buenos productos suelen ir juntos. Los productos de buena calidad pueden triunfar con una publicidad regular, pero los productos malos fracasan aún con buena publicidad. Una anuncio falso puede funcionar para una primera venta, pero a la larga el consumidor se rebelará contra el producto.

Y éste es mi caso hoy. Desde hace días veíamos el nuevo anuncio de Crema Crujiente de La Lechera, y en casa nos llamó mucho la atención porque generó nuestro deseo de probar el producto. Bien por la gráfica, bien por la realización, bien por el sentimiento del spot...

El problema de esta acción publicitario -en nuestro caso- es que por fin acudimos al supermercado, compramos el producto y nos dispusimos esa noche a vivir el momento mágico de la degustación (sin romper paredes ni neveras, porque la casa es nueva, claro).

Y entonces sucedió aquella máxima de que, por muy buena que sea la publicidad, si el producto no es bueno, la publicidad no sirve de mucho. Claro que la publicidad consiguió que compráramos el producto, pero no creo que la vida de un producto de consumo se limite a la primera prueba de cada consumidor... imagino que lo que busca el fabricante es que repitamos la compra.

En nuestro caso no va a ser así... el producto no nos ha gustado, no ha respondido a las expectativas que había generado el anuncio y nos costará decidir quién de nosotros termina el paquete de cuatro unidades que compramos...

Evidentemente este comentario es muy subjetivo, ya que sobre gustos no se puede discutir. Pero hablo sobre el caso concreto de este producto en mi casa. Tomando este caso como ejemplo he aprovechado para escribir acerca de una de las mayores reglas de la publicidad y el marketing: los límites de la publicidad.